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El liderazgo comienza en el silencio y termina en el impacto, que es donde se da la transformación

hace 5 días
3 min de lectura

Hoy es una fecha para conmemorar a la Madre Teresa de Calcuta, quien falleció a sus 87 años el 5 de septiembre de 1997, con esta reflexión espiritual sobre los frutos de la vida:

«El fruto del silencio es la oración. Y el fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz.»

Más allá de su dimensión espiritual, la reflexión y enseñanza que a mí me trae es organizacional, porque hay una secuencia humana muy profunda detrás de ella, que refleja qué es el liderazgo:

Silencio → interioridad → convicción → vínculo → servicio → paz.


Déjenme desarrollar la idea para entender el liderazgo.

El silencio nos permite encontrarnos con nosotros mismos

Nos pasa, a mí me pasa: siento mucho ruido que viene de afuera y perturba, a ratos me agobia — reuniones, desarrollos, ejecución, mensajes, urgencias, indicadores, ventas, resultados, opiniones, presión por responder. Aun así, siento que es más preocupante el ruido interior: miedo, ego, necesidad de demostrar, prejuicios, interpretaciones, emociones encontradas.

Se habla de la soledad del líder. En ese silencio la puedo sentir: me puedo quedar callado y adaptarme a lo que sucede, dejarme llevar — o hacer silencio, tomar consciencia, crear un espacio para escuchar, observar, sentir, reflexionar, innovar, indagar, estar conmigo mismo antes de actuar o reaccionar.

Ese es el momento de interioridad para SER. Solo desde ahí puedo avanzar con coherencia, conectado con aquello en lo que verdaderamente creo: propósito, valores, principios, sentido.

Un líder que no tiene claridad interior termina dependiendo demasiado de la aprobación, del poder o de las circunstancias. Por eso el liderazgo se mueve por convicciones.


De la convicción nace una manera diferente de relacionarnos

Nace desde el amor. Palabra que a ratos incomoda en el lenguaje organizacional, pero que podemos entender de forma muy concreta: reconocer al otro como persona y no simplemente como recurso.

Tener cuidado, respeto, confianza, empatía, compasión, dignidad — eso no elimina la exigencia. Es más, puede ser más severo. LIDERAR no es evitar conversaciones difíciles, exigir resultados, establecer límites. Todo lo contrario: son señales de cuidado por el otro, de respeto, desarrollo, cercanía, impecabilidad, integridad. Es aquí donde se crean vínculos sólidos y sostenibles.

El otro día me preguntaba un cliente si estaba siendo duro con alguien que había actuado con un despropósito, con falta de transparencia, rompiendo todo código de confianza. Es una realidad que pasa: nos cuesta ser directos, exigentes y rigurosos con los resultados y con corregir comportamientos inapropiados. También con confrontar situaciones difíciles.

Un coachee me dijo hace poco que, entre sus aprendizajes, surgió un momento de consciencia: “más daño le hago al otro con evitar que con confrontar”. El amor ni la compasión están en el dejar pasar, en evadir, negar o evitar.

El liderazgo deja de ser una posición de control: es una responsabilidad desde la cual se crean las condiciones para que otros puedan crecer, contribuir y hacer bien su trabajo.


Servir no significa complacer

Significa remover obstáculos, desarrollar capacidades, dar claridad, tomar decisiones difíciles, sostener conversaciones necesarias y poner el poder al servicio del propósito. Ahí aparece el IMPACTAR: en los resultados, en los objetivos.

El fruto del servicio es la paz. En una organización, esa paz no es ausencia de conflicto. Una organización viva tiene tensiones, diferencias y desacuerdos. La paz viene de un entorno donde las personas no necesitan protegerse unas de otras para poder trabajar: sin miedo, sin juegos políticos, con menos energía dedicada a defender territorios y más confianza, conversaciones francas y colaboración — condiciones que crean la posibilidad de producir resultados.


La Fórmula Inversa

Aquí está esa potente conexión de SER · LIDERAR · IMPACTAR que defino como la Fórmula Inversa:

SER — Silenciar el ruido para reconocer quién soy, desde dónde actúo y qué creo.

LIDERAR — Convertir esas convicciones en una manera humana y exigente de relacionarme con otros.

IMPACTAR — Poner mis capacidades y mi liderazgo al servicio de algo mayor, creando condiciones para que las personas y la organización florezcan.


Quizá muchos de los problemas de liderazgo no comienzan porque hablamos poco, sino porque hacemos demasiado poco silencio.


Respondemos antes de escuchar. Juzgamos antes de comprender. Controlamos antes de confiar. Corregimos antes de preguntar. Actuamos antes de entender qué nos está pasando a nosotros mismos.

 
 
 

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